miércoles, 18 de febrero de 2009

Las buenas costumbres

Me gusta ir al cine solo. Sentarme en la butaca que quiero, esperar tranquilamente los cinco minutos de rigor a que empiece la película mientras pienso por donde irá el filme que voy a ver y reflexionar sobre cómo evolucionarán tal y cual personaje que he visto en el trailer pero lo que más me gusta de ir solo al cine es que al acabar puedo escuchar lo que piensa la gente de la película. Me encanta esperar a salir mientras veo los títulos de crédito y agudizar el oído para escuchar lo que la gente cuchichea sobre la película. Todo esto viene a cuento porque hoy he recuperado la costumbre de ir solo al cine (después de muchos muchos meses) y he visto Slumdog Millionaire. Un peliculón en toda regla. Qué historia más bonita encerrada en la gran falsedad que es que la felicidad la da el dinero. Pero más allá del guión (que me parece rotundo desde la primera imagen en negro hasa la respuesta definitiva) qué planos más preciosos y locos se ha sacado el gran Danny Boyle que ha conseguido, dicho sea de paso, conseguir que unos actores desconocidos hayan hecho, probablemente, el papel de su vida. Y cuando ha acabado la película, me he quedado sentado, con la lágrima a punto de salir de mi ojo mientras una pareja de jóvenes que tenía detrás empezaban a destripar la película plano por plano. Sí, tenían razón. La mejor escena para mí es cuando los dos hermanos que se acaban de quedar huérfanos están refugiados en un establo mientras la chica está fuera entre un gran chaparrón porque no le dejan entrar con ellos. Quizá ahí nace el espíritu de los tres mosqueteros... Y por cierto, vivan las buenas personas!!


lunes, 16 de febrero de 2009

Aunque tú no lo sepas

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminado
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos...

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Luis García Montero


Un gran poema hecho canción por Quique González para el fallecido Enrique Urquijo, que el propio Quique interpreta de una manera sobrecogedora en casi todos sus conciertos.


viernes, 13 de febrero de 2009

Ocho brazos para abrazarte

Aunque, a priori, no es el grupo de música que podría entrar en mi listado de grupos favoritos, Los peces son una de mis formaciones preferidas. No sé si es por la insultante sencillez con la que están construidos sus temas, por su música pegadiza cuyo piano y cello me llegan sin césar al cerebro o porque son dos chicos que no lo han tenido fácil (entre otros problemas, cuando por fin habían publicado un trabajo su discográfica cerró) y su amor por la música lo saben transmitir en cada uno de los temas pero me llegan. Su próximo disco sale a la venta (¡por fin!) el 17 de marzo. He tenido la suerte de escuchar unos cuantos temas ya y ha merecido la pena esperar. Aquí os dejo el single, Ocho brazos para abrazarte, que es a su vez el título de su nuevo trabajo.

miércoles, 11 de febrero de 2009

De obsesiones y rutinas

Hace unos años leí en un reportaje de un dominical que Fernando Torres era muy supersticioso. Que si las cosas le iban bien era capaz de repetir la misma rutina durante días, semanas e incluso meses. Levantarse con el mismo pie, acostarse en el mismo lado de la cama, comerse la misma hamburguesa en el mismo sitio todos los días... Y lo mismo si tenía una mala racha goleadora, el reportaje explicaba como se acababa de cambiar de peinado buscando cambiar la suerte. Lo que racionalmente puede parecer una tontería a mí me parece algo apasionante. Si nos paráramos a pensar, a nadie se le ocurriría que iba a meter goles, que iba a encontrar trabajo o que iba a encontrar a la mujer (hombre) de su vida por el simple hecho de cambiar las rutinas. Sin embargo, estas cosas pasan más de lo que parece (lo de sugestionarse uno mismo, claro).

Esto viene a cuento porque me he dado cuenta de que soy tremendamente obsesivo cuando las cosas vienen mal dadas. Siempre cambio la rutina cuando algo no ha salido como esperaba o como lo había visualizado. Si una noche que salgo acabo pasándomelo mal o sucede algo que la tuerce, no repito la misma rutina la siguiente vez que salga con la misma gente, no pido lo mismo e incluso intento no sentarme o colocarme en la misma posición. Es una tontería porque nunca hay dos noches iguales aunque yo me pida lo mismo, me siente en el mismo sitio o me coloque en la misma posición pero me quedo más tranquilo si no repito la rutina.

Un día, siguiendo con los ejemplos, pillé un gripazo de esos que deberían haberme hecho quedarme en la cama (fiebre alta y gran dolor de todo). Desde entonces no salgo a la calle sin mi bufanda bien anudada al cuello ni me olvido de abrocharme el abrigo. La noche que pillé la gripe había salido sin bufanda y, supongo que por culpa del grado etílico que llevaba, no me abroché la cazadora en el camino hacia mi casa. Y es una tontería porque, probablemente, la gripe la habría pillado igual o fue consencuencia del frío que hacía y, ahora, en los días en los que podría pasarse sin bufanda porque hace menos frío, la sigo llevando igual. Y si algún día salgo sin ella, bebo lo mismo que la noche fatídica o sigo la misma rutina desde por la mañana, me entra un pánico terrible al día siguiente... y aunque haya repetido la misma rutina, haya hecho lo mismo que cuando me fue mal o haya salido sin mi bufanda, nunca pasa lo mismo. Pero, a pesar de eso, vuelvo a cambiar la rutina.

La fotografía que ilustra este texto es obra de Portiman!

martes, 10 de febrero de 2009

Realismo puro

"No era la mejor mujer del mundo, pero era la que se acostaba y se despertaba todos los días conmigo. Yo a más de eso no puedo aspirar…"
No sos vos, soy yo

Me gustan las frases directas y crudas. Además, esta frase destila la franqueza de un hombre bueno que está enamorado. La película no está muy allá, no deja de ser una película argentina, con lo que ello conlleva, como tantas otras que llegan a España, pero me parecía curiosa y destacable esta frase.

La belleza de la tristeza

La tristeza encierra belleza en sí misma. Siempre he creído eso aunque la gente no está muy de acuerdo en ese concepto que siempre trato de explicar. Lo que trato de decir cuando digo que en lo triste está la belleza es que en una escena tremendamente triste puede estar la perfección de la belleza, más allá de los sentimientos que en ella veamos. Un buen ejemplo de esto es esta escena de la película Princesas. Si no piensas como yo, mira la escena y díme si no es terriblemente bella.



Y por si no piensas como yo dejo algo más animado, el vídeoclip del maravilloso tema que Manu Chao construyó como tema central de la película.

El camino no elegido

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado

Por Robert Frost
(Traducción: María Fernanda Celtasso)


domingo, 8 de febrero de 2009

La culpa de los sentimientos

Llevaba toda la noche mirándole. Cuando él avanzaba hacia la barra, sus miradas se cruzaban, hablaba con su amigo y se sentía observado, hacía un gesto de baile y ella le imitaba. Nunca las reglas del acercamiento intersexual estuvieron tan claras. Pero, no todo podía ser tan perfecto, a él no le gustaba ella, le parecía poco atractiva y demasiado vulgar (como la mayoría de personas que poblaban ese bar oscuro de una zona chic de la ciudad) y, entre tanta mirada, lo único que deseaba él es que a ella no le diera por acercarse a hablar con él porque, además de todo, la timidez le bloquearía por completo.

Aún así, habían pasado tantas cosas por su cabeza en los últimos meses que no estaba seguro de lo que podía pasar. Los segundos, los minutos, las horas pasaron y, sin saber cómo, se encontró contándole la vida a aquella perfecta desconocida hasta hacía apenas diez minutos, diciéndole lo que hacía con su vida (más bien poco) y lo bonito que sería encontrar esa persona perfecta con la que compartir todo. Evidentemente no estaba pensando en ella pero daba igual. Abrió un ojo y se dio cuenta de que había pasado la noche en su cama. Y sin saber por qué le entró un pánico horrible a todo lo que había hecho. Se vistió rápidamente y, sin despertarla, salió por la puerta. Fuera estaba lloviendo pero a él le daba igual. Quizá la lluvia sirviera para borrar de su cuerpo ese sentimiento de culpa que arrastraba o quizá esas agresivas gotas de agua arrasaran con la imagen que le atormentaba desde hacía cinco meses, desde que su expareja decidiera hacer saltar en pedazos el frágil equilibrio que tenían entre los dos a través de la distancia.

sábado, 7 de febrero de 2009

Y delante de ti, el Universo...

Sin lágrimas que derramar

Aquel día no lloró. No tenía por qué ni para quién. Acababa de presenciar el atropello de su padre mientras ella pataleaba por aquel juguete que no le querían comprar. Tan encerrada estaba en sí misma que vio el accidente como el que ve pasar por delante día tras día cientos de coches por su calle. No se movió del sitio, la gente se arremolinó en torno al cadáver, pronto la calle se llenó de sirenas. Nadie parecía recabar en que una niña sola con una muñeca entre los brazos lo estaba observando todo con una mirada sombría. Pasaron los minutos, el cadáver de su padre ya descansaba en un ataúd y ella seguía sola, en medio de la acera, con la mirada en el punto donde el coche se había llevado por delante a su progenitor. Hasta que un transeúnte se dio cuenta de ella, se acercó y le preguntó: "¿Estás sola?¿Te puedo ayudar, pequeña?". Sara se dio la vuelta, sin soltar la muñeca de mirada malvada y boca bobalicona de la que no se separaba ni para dormir, y emprendió el camino a su casa. Un día más, se había quedado sin juguete. "Maldito padre, la próxima vez, recuérdame que elija bien", le espetó a su muñeca mientras se perdía entre la oscuridad de la calle.

No te salves (por favor)

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer en los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti

Siempre me ha parecido una declaración de intenciones tan descarnada como profunda este poema. No sabía muy bien como empezar este blog y he pensado que estos versos eran una buena manera de darte la bienvenida a ti, si es que me estás leyendo.