
Debía ser uno de los edificios más altos de Europa. 365 metros que marcaran la supremacía y el progreso del sistema comunista frente al
decadente capitalismo que habitaba al otro lado del muro de 196 kilómetros que cuatro años antes había dividido a Berlín en dos ciudades, en dos países, en dos concepciones, en dos naciones, en dos estados, en dos formas de entender el mundo. Era el 4 de agosto de 1965. Erik se presentó en su puesto de trabajo. Estaba emocionado. Iba a contribuir al engrandecimiento moral de
su RDA. Acababa de ser contratado para construir el Fernsehturm de Berlín, en un lugar próximo a la Alexanderplatz.
Durante cuatro años, no faltó ni un día a su trabajo, realizó todas las horas extra que le pidieron sus capataces, tuvo una conducta intachable, no se salió ni lo más mínimo de las indicaciones de los arquitectos. El 3 de octubre de 1969, Berlín estaba nublado. Las grandes autoridades alemanas (orientales) estaban preparadas para la inauguración del edificio. Erik, emocionado, no podía dejar de mirar desde cientos de metros de distancia la esfera de acero de la cúspide de la torre que tantos problemas de construcción les había causado.
Y como si de un invitado más se tratara, las nubes se abrieron y el sol empezó a brillar en Berlín. La emoción en su rostro pronto se convirtió en terror cuando se dio cuenta de que al reflejar el sol en la cúpula de acero, se empezaba a formar el dibujo de una cruz. Pronto la cruz adquirió una dimensión importante. Enseguida imaginó las caras de la comitiva comunista y no se lo pensó dos veces. Empezó a correr hacia el muro. Tenía que escapar de allí. Estaba convencido de que ese sacrilegio al ateísmo de la RDA no iba a quedar sin purgar. Creyó ver un hueco en el muro por donde escapar de la utopía socialista. No duró ni diez segundos. Los tiros del oficial de turno le atravesaron el corazón sin compasión.
Nadie se preocupó por él. Nunca se publicó su nombre. Las autoridades no le dieron mayor importancia al reflejo de la cruz. Era un efecto no deseado por nadie pero tampoco buscado. No se buscó ningún culpable de aquello. Con el tiempo, la población de Berlín Oriental empezó a bromear con el dibujo que formaba el sol al rebotar con el Fernsehturm: "Es la revancha del Papa". Hoy, la torre es uno de los sitios más turísticos de Berlín y recibe más de un millón de visitantes al año.

La fotografía de abajo que ilustra este texto es obra de Ole Begemann