BEHEMOTH! | Official Trailer | Searchlight Pictures
Hace 9 horas
Cada paso que daba sentía una sombra moverse en su espalda, cada cosa que pensaba percibía como si una serie de ideas deambulara por su habitación persiguiéndole. Si entraba en una habitación, una ráfaga de viento le acompañaba; disparaba una fotografía y tenía la sensación de que había alguien más en la imagen; andaba por la calle de noche y notaba como tras las esquinas se escondía algo.
Soy triste. Me gusta reírme un montón y todavía más hacer reír, tanto que muchas veces pienso que tengo complejo de payaso. Escucho canciones tristes, grupos melancólicos y me gustan los libros, textos y poemas que puedan provocar mucho más que la indiferencia. Me encanta el absurdo y si no me paran los pies podría sacar de quicio cualquier situación desde la risa. Si las cosas vienen mal dadas soy capaz de estar en un grupo totalmente apartado sin decir ni una palabra y sin ni siquiera enterarme de las conversaciones.
Hoy iba por la calle y de repente me acordé de ti, de tus miedos, de tus inseguridades, de tus ideales, de nuestras conversaciones, de tus consejos, de los abrazos que te dí, de lo que me demostrabas con solo una mirada temerosa, de lo que te costó seguir aquí con nosotros... Hoy iba por la calle y me acordé de que ya no estabas, de que nunca volverás a estar, que te apagaste una noche de octubre...
Tomar algo, bromear, sonreír, un plato de jamón y queso, derivar pacientes, paseos nocturnos, cervezas que no tomo, cuchicheos, planes inconclusos, reírnos de lo que fue y temer a lo que quizá no llegue nunca, un extraño presente, alegría, extrañeza, contrariedad, culpabilidad malentendida, confidencias, consejos, luces azules... Cada día tengo más claro por qué sonrío en noches como hoy, aunque a veces me dé la sensación de que la prudencia nunca ha sido mi principal virtud. Gracias por hacer el sueño realidad cada día, a pesar de la que está cayendo.
No me gusta escribir aquí de estos temas pero a ver cómo os cuento esto sin hacer demagogia. Creo que vivimos en un país desquiciado. Solo así puedo entender que en una semana en la que el estado del bienestar se tambalea, la noticia sea que a un locutor lo han despedido de su emisora (¿cuántos ERES ha habido en este tiempo llevándose por delante a trabajadores que ni siquiera pudieron decirle a su jefe, como el otro, algún que otro improperio?), que el Barcelona ha ganado la liga o los fichajes de una liga para la que faltan aún cuatro meses.
Hay días en los que debería ponerme una máscara para salir a la calle a ver qué me depara el día. Quizá así empiece a sentirme cómodo con las rutinas cotidianas de mi ciudad que me da la sensación que se alejan demasiado. Y entonces, en ese momento, a lo mejor, pueda entender porque todo empieza a ser normal.
A veces me da la sensación de que no acabo de decidir por mí mismo, que siempre hay factores que me inclinan a hacer una cosa u otra, dependiendo del momento, de las sensaciones, de los que me rodean, del deber y hasta, alguna vez también, del qué diran. Lo que no sabía es que era al revés, que hago lo que me da la gana y luego busco justificación para quedarme más tranquilo. O al menos eso es lo que dice David Trueba en su artículo semanal en el suplemento Dominical que titula Engáñame, por favor.
"(...)Sé lo que sentía. Yo ya hace casi doce años que no pruebo el alcohol, pero sigue pareciéndome inconcebible la visión de alguien en un restaurante con una copa de vino a medias. Me dan ganas de levantarme, ir a su mesa y gritarle a la cara: "¡Acábatela! ¿Por qué no te la has acabado?" Me parecía ridícula la idea de beber alcohol como acto social. ¿Por qué no te tomas una coca-cola, ya que no quieres emborracharte?
No sé qué me gustó menos, si el destrozo de la historia, si el tono infantil lleno de moralina que desvirtúa la grandeza de la obra o que el mundo onírico no fuera más que una sucesión de colores falsos y estancias que no acababan de convencerme. Tenía ganas de decir esto para sentirme una de esas personas a contracorriente del mundo, un cultureta de rango, un guay de medio pelo: Tim Burton me ha decepcionado. Por cierto, no sé por qué la película se llama Alicia en el país de las maravillas. Yo a esa Alicia no la reconozco.
¿Y si todo fuera distinto? Si ese instante nunca hubiera sucedido, si esa llamada nunca hubiera tenido lugar, si esa lágrima no se hubiera derramado nunca o al menos no en ese momento, si ese jueves hubiera existido y no solo quedara en la imaginación, si en vez de hoy fuera mañana, si los años no fueran más que días para mí en este reloj del tiempo que a todos les da la hora sin piedad, si no hubiera más gente en el mundo como ellos, si todo esto no fueran más que palabras que lamentar... ¿Todo sería diferente? Quizá (y solo quizá) si me atreviera a quererte... Y si ella quisiera regalarme un beso...
Aquella tarde, todo parecía no existir. Ni los teletipos, ni las noticias, ni los teléfonos, ni los mails... Y, sin embargo, era un día más. Nada se salía de la línea marcada, mucho trabajo, quizá menos diálogo que el habitual, pero si por algo se iba a caracterizar ese día era por su normalidad. Quizá por eso cuando llegó a casa se derrumbó. Resulta tan difícil gritar en la normalidad...
Tengo demasiadas leyes internas que no sé muy bien de dónde vienen. Tantas que a veces me bloquean mucho. Quizá en ellas radique la causa de mi dificultad para tomar decisiones y quizá sean las responsables de que muchas veces me asalten culpas que no son tales. Nunca he creído en más leyes que en las que uno tiene dentro, y no por un falso espíritu de libertad, sino porque solo cumpliéndolas me encuentro tranquilo, en paz conmigo mismo.