sábado, 7 de febrero de 2009

Sin lágrimas que derramar

Aquel día no lloró. No tenía por qué ni para quién. Acababa de presenciar el atropello de su padre mientras ella pataleaba por aquel juguete que no le querían comprar. Tan encerrada estaba en sí misma que vio el accidente como el que ve pasar por delante día tras día cientos de coches por su calle. No se movió del sitio, la gente se arremolinó en torno al cadáver, pronto la calle se llenó de sirenas. Nadie parecía recabar en que una niña sola con una muñeca entre los brazos lo estaba observando todo con una mirada sombría. Pasaron los minutos, el cadáver de su padre ya descansaba en un ataúd y ella seguía sola, en medio de la acera, con la mirada en el punto donde el coche se había llevado por delante a su progenitor. Hasta que un transeúnte se dio cuenta de ella, se acercó y le preguntó: "¿Estás sola?¿Te puedo ayudar, pequeña?". Sara se dio la vuelta, sin soltar la muñeca de mirada malvada y boca bobalicona de la que no se separaba ni para dormir, y emprendió el camino a su casa. Un día más, se había quedado sin juguete. "Maldito padre, la próxima vez, recuérdame que elija bien", le espetó a su muñeca mientras se perdía entre la oscuridad de la calle.

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