domingo, 8 de febrero de 2009

La culpa de los sentimientos

Llevaba toda la noche mirándole. Cuando él avanzaba hacia la barra, sus miradas se cruzaban, hablaba con su amigo y se sentía observado, hacía un gesto de baile y ella le imitaba. Nunca las reglas del acercamiento intersexual estuvieron tan claras. Pero, no todo podía ser tan perfecto, a él no le gustaba ella, le parecía poco atractiva y demasiado vulgar (como la mayoría de personas que poblaban ese bar oscuro de una zona chic de la ciudad) y, entre tanta mirada, lo único que deseaba él es que a ella no le diera por acercarse a hablar con él porque, además de todo, la timidez le bloquearía por completo.

Aún así, habían pasado tantas cosas por su cabeza en los últimos meses que no estaba seguro de lo que podía pasar. Los segundos, los minutos, las horas pasaron y, sin saber cómo, se encontró contándole la vida a aquella perfecta desconocida hasta hacía apenas diez minutos, diciéndole lo que hacía con su vida (más bien poco) y lo bonito que sería encontrar esa persona perfecta con la que compartir todo. Evidentemente no estaba pensando en ella pero daba igual. Abrió un ojo y se dio cuenta de que había pasado la noche en su cama. Y sin saber por qué le entró un pánico horrible a todo lo que había hecho. Se vistió rápidamente y, sin despertarla, salió por la puerta. Fuera estaba lloviendo pero a él le daba igual. Quizá la lluvia sirviera para borrar de su cuerpo ese sentimiento de culpa que arrastraba o quizá esas agresivas gotas de agua arrasaran con la imagen que le atormentaba desde hacía cinco meses, desde que su expareja decidiera hacer saltar en pedazos el frágil equilibrio que tenían entre los dos a través de la distancia.

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