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lunes, 22 de noviembre de 2010

Miedo al egoísmo

Cada mañana maldecía el paso del tiempo, que siempre que se despertaba era un día más viejo. Le aterraba el paso del tiempo, el no saber si estaría aquí cuando todo ya no fuera como lo es ahora. Ese día tenía una duda. Se la preguntó él. No supo contestarle, no se acordaba. De repente, enfrente ya no tenía a la persona que él conocía. Estaba torpe, falto de reflejos, se le caían las cosas y la memoria ya no era su fuerte.

El egoísmo se desvaneció de golpe. Ya no tiene miedo a hacerse mayor, a lo que teme de verdad es a que las personas de su alrededor se hagan viejas...

jueves, 4 de noviembre de 2010

Subconsciente

Nada fue distinto a un día normal. Estaba a punto de acabar la jornada, fue a pedirle una cosa a su compañera y la nombró. No se llamaba así. A quien llamaba no era a ella.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Lo hice...

Me las prometía muy felices. Iba a pasar mi mañana de trabajo enredando con un nuevo juego de la Nintendo DS con el que supuestamente ser artista era muy fácil. Así me lo aseguró el encargado de dar la charla, Luis Díez... pero creo que no sabía de mi ineptitud con el lápiz (sea el clásico o el electrónico).

No fui capaz ni de dibujar ni un sombrero mientras el niño de al lado no paraba de gritar "¡Qué chulo!" Después de un rato escuchándole me atreví a levantar la cara para verle y me lo encuentro mirando lo que yo estaba dibujando y riéndose de mí. Cuando el instructor empezó a pasarse por los sitios viendo lo que habíamos conseguido, no lo dudé ni un instante. Le robé la cónsola al insoportable y fingí como que era mía... Creerme, fue un acto de supervivencia (moral).

martes, 17 de agosto de 2010

Revoluciones individuales

No creo en las revoluciones individuales. No creo en la existencia del individuo como algo aislado en un ecosistema mucho más amplio. Ni que en el mundo vuelva a haber un choque entre dos sistemas diferentes. Tampoco creo que vuelva la Primavera de Praga ni Tiannamen, ni los (para mí) oscursos sucesos de Moscú de 1991. Quizá por eso cuando veo alguna de las fotos de Koudelka me da por creer en el ser humano, en que no todo está perdido, en que aún estamos a tiempo... aunque, desde aquí, desde mí, creo que nunca podrá cambiar nada.

miércoles, 28 de julio de 2010

Camino al olvido

Tenía la sensación de que era la última vez que la iba a ver. Nada fue distinto. Hizo su trabajo casi rutinario como cualquier día. Ella también. Cuando acabó, se acercó. Él sabía que era un adiós definitivo. Sus caminos se separaban. Le miró a los ojos, ella no le aguantó la mirada. "Pasa buen verano". "Igualmente". "Hasta luego" "Adioooos". Nada más. No hubo ni un beso. Él no quiso mirar cómo se iba, sabía que ella no se iba a dar la vuelta. Ella pronto olvidó todo aquello.

La fotografía es de domibrez

lunes, 26 de julio de 2010

Lo adecuado del momento

En su cuarto apenas se sostenían sobre la pared un par de posters torcidos como gesto de una modernidad malentendida tan en boga hace diez años (y quince también) de Gustavo Kuerten y Carlos Moyá. A su lado una gran estantería vaciada con el paso del tiempo apenas sostenía un centenar de libros (buena parte de ellos infantiles) y una cadena de música que nunca volvió a sonar después de aquel fracaso amoroso telefónico.

Abrió los ojos y se levantó sobresaltado. Aún muy somnoliento abrió un libro y lo entendió todo: "Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento". Punto y final.

La fotografía es de Mercedes.. Life as I Pictured

lunes, 31 de mayo de 2010

No, no lo era

Cada paso que daba sentía una sombra moverse en su espalda, cada cosa que pensaba percibía como si una serie de ideas deambulara por su habitación persiguiéndole. Si entraba en una habitación, una ráfaga de viento le acompañaba; disparaba una fotografía y tenía la sensación de que había alguien más en la imagen; andaba por la calle de noche y notaba como tras las esquinas se escondía algo.

Un día, alguien le dijo que lo que le perseguía era la felicidad, que solo tenía que abandonar su pesimismo autodestructor. Un día le alcanzó. No era la felicidad.

jueves, 6 de mayo de 2010

Grito en la normalidad

Aquella tarde, todo parecía no existir. Ni los teletipos, ni las noticias, ni los teléfonos, ni los mails... Y, sin embargo, era un día más. Nada se salía de la línea marcada, mucho trabajo, quizá menos diálogo que el habitual, pero si por algo se iba a caracterizar ese día era por su normalidad. Quizá por eso cuando llegó a casa se derrumbó. Resulta tan difícil gritar en la normalidad...

lunes, 5 de abril de 2010

Inocencia

A menudo los gestos más bonitos son los más insignificantes, los que parecen condenados a olvidarse. Por eso, cuando aquella noche, después de un largo viaje, ella le dijo que se había pasado buena parte del día pensando en lo que hubiera sido descubrir ese lugar con él y le dedicó una sonrisa inocente, tímida, escondida entre su cara de niña buena, creyó en la felicidad.

jueves, 25 de marzo de 2010

De sentimientos...

--No sé lo que es querer.
--¿Qué sientes ahora?
--Que quiero un abrazo que está demasiado lejos.

Conversación pérdida una noche cualquiera.

--No sé pedir un abrazo.
--¿Para qué lo necesitas?
--Para sentirme menos solo.

Conversación en una mente cualquiera.

sábado, 6 de febrero de 2010

Desorden callejero

Se sentía estúpido, como si estuviera en un lugar al que nadie le hubiera invitado. Cada movimiento, cada palabra que trataba de decir no hacía más que empeorar las cosas. Fueron solo minutos pero pensaba que estaba en un callejón sin salida en el que no sabía cómo actuar para que se hiciera la luz. Todo pasó como las cosas y los sentimientos que siempre acaban pero él seguía igual de descolocado, igual de inservible que si se llegara a dar una situación igual.

Y, sin embargo, él querría volver a estar en cada uno de esos momentos críticos, en cada uno de esos túneles con salidas de emergencia, porque la simple esperanza de poder hacer o decir algo que enjugara tanta desolación le hacía sentirse bien. Así de estúpido era.

La fotografía es de ptrevinca

lunes, 25 de enero de 2010

:-)

Entre la rutina del domingo y el frío que se volvía a instalar en una ciudad cansada de ver abrigos desabrochados y guantes asomando por los bolsillos de los viandantes, encontró un resquicio por el que se coló la felicidad. Fueron solo cinco minutos pero le valieron para ser feliz y hacer menos aburrido el día. La magia de las palabras, la felicidad de los pequeños momentos, instantes que aparecen de repente en un día gris.

P.D. ¿Cómo sería para vosotros la foto que reflejaría la felicidad? Buscando una ilustración para esta entrada (y no encontrando ninguna) me lo he planteado. Al final, he decidido poner una viva, sin más...

domingo, 24 de enero de 2010

Un mundo compartido

Todas las noches cuando se acostaban en la cama esperaba a que él se durmiera para sacar la linterna y el cómic de Garfield del cajón de la mesilla. Entonces, entre las sábanas, leía diez páginas del volúmen que le habían regalado una semana antes el día de su cumpleaños. Desde entonces repetía este ritual, cuando las luces se apagaban y el silencio invadía la casa, ella trataba de empaparse del espíritu Garfield.

Un mes después, una tarde, él llegó de trabajar y se la encontró leyendo el cómic de Garfield en el sofá. Extrañado se acercó y, con asombro, vio cómo ella esbozaba una ligera sonrisa con la historia que estaba leyendo. Él le había regalado un recopilatorio de Garfield el día de su 30 cumpleaños como una broma porque él era un gran fan del gato y ella siempre que hablaban de él lo despreciaba. Él se acercó por detrás del sofá y le dio un beso en la mejilla.

martes, 12 de enero de 2010

Sueños

Una habitación horrible, agobiante, con dos camas en la que, en una, un pobre hombre agoniza solo y en la otra estoy yo, fuertemente sedado. Nadie me da conversación, apenas puedo moverme en la cama y no acabo de entender muy bien qué hago ahí. Solo sé que estoy vivo y que entre esas cuatro paredes en las que huele a una mezcla de antibiótico y sudores extraños no hay nadie más que el sufridor compañero de habitación y yo. Es la 111 (siempre he tenido fobia a las líneas continuas y los unos no me dan ninguna confianza por su forma alargada). Pasan los segundos, los minutos, las horas... No suena el teléfono, nadie llama a la puerta, oigo voces en el pasillo, ninguna conocida... Y pasan los días y parece como si yo hubiera dejado de existir, nadie se acuerda de mí. Son las diez de la mañana y suena el despertador. Menos mal que es solo un sueño.

¿Sabéis? Una de mis mayores fobias siempre ha sido que lo que aparece en mis inconstantes sueños fueran un reflejo de la realidad.

La fotografía es de Maulon!

miércoles, 2 de diciembre de 2009

A contracorriente

Nunca le había sonreído la vida. Era un chico tímido, retraído en exceso y no era guapo, por no decir que era feo. No había probado nunca a qué sabían los labios de una mujer pero cada noche soñaba con ella. Apenas tenía amigos y tampoco a nadie al que contar que esa chica se había convertido casi en una obsesión.

Por casualidad, un día consiguió su número de teléfono. Y se pasó tardes y tardes con el móvil en la mano a punto de mandarle un sms. Un día, chateando por internet, de repente, reunió el valor, cogió el móvil y le escribió el sms más bonito que nunca había concebido, ni siquiera imaginado... En él le pedía una cita.

Ella se resistió al principio pero luego aceptó a quedar con él casi por compasión. Y sucedió el milagro. La timidez dejó de ser tal y, sin saber cómo, a una gracia le siguió otra y ella acabó por aceptar el beso en los labios que él le llevaba intentando robar desde que la conocía. Aquella noche en su casa sintió por primera vez en la vida que era feliz. Poco más se podía decir.

Al día siguiente, se levantó, repitió la rutina de cada día pero, contento, todo parecía diferente. Llegó al instituto sonríendo, entró en su clase y allí estaba ella pero no como la recordaba. Rodeada de su grupo de amigos no dudó en señalarle riéndose y burlándose de él, del sueño que él creía haber cumplido la noche anterior, mientras imitaba su beso inexperto y atemorizado.

La fotografía que ilustra este texto es obra de elduendedelparque

viernes, 20 de noviembre de 2009

Vivir para siempre

Cada mañana se levantaba maldiciendo la suerte que le había tocado vivir. No se planteaba lo que tenía, la suerte acumulada a lo largo de los años. Siempre es más fácil maldecir lo que no se posee, la mirada que nunca se perderá en tus ojos y la realidad que sobrepasa toda la normalidad de una vida rutinaria y aburrida.

Aquella mañana todo empezó igual, la rutina se impuso en su devenir hasta que una visita al médico lo cambió todo. Una pared, una puerta, dos frases, una realidad aislada en formol revolucionó su vida. Sin quererlo empezó a maldecirse con rabia contenida. Y no por lo que no tenía si no por no ser capaz de comprender en qué consistía vivir. En vivir. Ni más ni menos.

Y fue en ese momento, cuando más cerca se sentía de la muerte, cuando alguien había decidido poner fecha de caducidad a este sufrimiento cuando se dio cuenta de que no se quería ir... nunca. Porque prefería vivir y poder ver cada mañana su cara somnolienta aunque nunca fuera suya, aunque cada segundo, cada minuto y cada hora que pasara estaba más lejos de él, que irse para siempre sin tenerle en mente cada uno de los segundos de su rutina diaria.

La fotografía que ilustra este texto es obra de Mikel Sastre Morro

jueves, 5 de noviembre de 2009

La fugacidad de la felicidad

Se levantó muy animado, a pesar del mes horrible que estaba pasando. Desayunó en silencio, esta vez no se puso música ni la radio, ni mucho menos la televisión. Se duchó con agua fría y ya estaba listo para empezar su rutina matinal. Salió de casa como cada mañana, cerró la puerta, le dio dos vueltas a la cerradura, miró el ascensor que no dejaba de emitir un sonido extraño y tarareando una canción bajó las escaleras.

Estaba lloviendo pero le dio igual. En quince minutos llegó al trabajo y poco a poco se fueron torciendo las cosas. Nada salió bien aquel día, su jefe le echó varias broncas, no tenía ganas de hablar y todo el mundo hablaba sobre lo que iba a pasar con él. La ilusión matinal pronto se convirtió en un nubarrón gigante. Nada le daba tranquilidad, todo le parecía mal menos su sonrisa. Solo su dulzura era capaz de darle calidez a sus entrañas, solo mirarle le daba la calma y las ganas necesarias para seguir adelante, solo su olor le hacía olvidar la sensación de no ser él que le perseguía, solo su enigmática mirada le hacía comprender dónde se escondía su felicidad...

El día acabó como todos los que empiezan, sin más misterio ni secreto que la rutina de una montaña rusa que se movía en torno a ella. Y cuando se acostó, en esos minutos en la oscuridad antes de que los ojos se le cerraran, lo entendió todo. Si no le gustaba lo que hacía, si le sentaban mal los comentarios de la gente, si le dolía que jugaran con su futuro sin su consentimiento, si la casa se hacía fría y enorme a pesar de su pequeñez, si los días no eran perfectos y las sonrisas solo duraban unos segundos, era porque ella no estaba su lado. Tan cerca de la felicidad y tan cerca de la tristeza.

La fotografía que ilustra este texto es obra de Otema

martes, 27 de octubre de 2009

La revancha del Papa

Debía ser uno de los edificios más altos de Europa. 365 metros que marcaran la supremacía y el progreso del sistema comunista frente al decadente capitalismo que habitaba al otro lado del muro de 196 kilómetros que cuatro años antes había dividido a Berlín en dos ciudades, en dos países, en dos concepciones, en dos naciones, en dos estados, en dos formas de entender el mundo. Era el 4 de agosto de 1965. Erik se presentó en su puesto de trabajo. Estaba emocionado. Iba a contribuir al engrandecimiento moral de su RDA. Acababa de ser contratado para construir el Fernsehturm de Berlín, en un lugar próximo a la Alexanderplatz.

Durante cuatro años, no faltó ni un día a su trabajo, realizó todas las horas extra que le pidieron sus capataces, tuvo una conducta intachable, no se salió ni lo más mínimo de las indicaciones de los arquitectos. El 3 de octubre de 1969, Berlín estaba nublado. Las grandes autoridades alemanas (orientales) estaban preparadas para la inauguración del edificio. Erik, emocionado, no podía dejar de mirar desde cientos de metros de distancia la esfera de acero de la cúspide de la torre que tantos problemas de construcción les había causado.

Y como si de un invitado más se tratara, las nubes se abrieron y el sol empezó a brillar en Berlín. La emoción en su rostro pronto se convirtió en terror cuando se dio cuenta de que al reflejar el sol en la cúpula de acero, se empezaba a formar el dibujo de una cruz. Pronto la cruz adquirió una dimensión importante. Enseguida imaginó las caras de la comitiva comunista y no se lo pensó dos veces. Empezó a correr hacia el muro. Tenía que escapar de allí. Estaba convencido de que ese sacrilegio al ateísmo de la RDA no iba a quedar sin purgar. Creyó ver un hueco en el muro por donde escapar de la utopía socialista. No duró ni diez segundos. Los tiros del oficial de turno le atravesaron el corazón sin compasión.

Nadie se preocupó por él. Nunca se publicó su nombre. Las autoridades no le dieron mayor importancia al reflejo de la cruz. Era un efecto no deseado por nadie pero tampoco buscado. No se buscó ningún culpable de aquello. Con el tiempo, la población de Berlín Oriental empezó a bromear con el dibujo que formaba el sol al rebotar con el Fernsehturm: "Es la revancha del Papa". Hoy, la torre es uno de los sitios más turísticos de Berlín y recibe más de un millón de visitantes al año.


La fotografía de abajo que ilustra este texto es obra de Ole Begemann

viernes, 4 de septiembre de 2009

Rutinas rotas

Lo veía cada noche desde su ventana. Como si de su propio teatro se tratara en sus noches de insomnio escudriñaba desde su apartamento como preparaba la cama para acostarse, como cogía el pijama del armario y, sin ningún tipo de pudor, se desnudaba con la ignorancia de que una mujer le observaba desde el edificio de enfrente. Ella estuvo observándole durante años. Nunca le vio acompañado. Se llegó a sentir tan identificada con las rutinas de él y con su cuerpo desnudo que empezó a sufrir por su soledad. Sin embargo, no parecía que él sufriera mucho. Nunca le vio un gesto de tristeza ni una lágrima derramada. Quizá, pensaba ella, él había elegido a la soledad y no al revés.

Una noche, se asomó a la ventana y, justo en el momento en el que su vecino apagaba la luz con su desnudez, le pareció ver el cuerpo de una hermosa mujer. Al día siguiente, el ritual se repitió, la mujer ya no estaba. Él, antes de apagar la luz, rompió a llorar en el borde de la cama.

La fotografía que ilustra este texto es obra de dayangchi

Cuando la ciudad gravita suspendida

La ciudad parece un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes canta Ismael Serrano en una de sus canciones olvidadas. Desde arriba de la torre del Pilar, no hace falta estar enamorado para sentir que la ciudad es un mundo que no para, un ajetreo en el que apenas se pueden escuchar las sirenas de la ambulancia que circulan a toda velocidad esquivando coches que parecen serpientes buscando el paraíso perdido mientras, ajeno al mundanal ruido, un grupo surca el Ebro con los barcos que nacieron al amparo de la Expo.

Desde donde nace el repicar de las campanas de la basílica zaragozana, la ciudad que parece infinita cuando andas perdido por sus calles, tiene un fin claramente delimitado, algo incapaz de apreciar desde cualquier otro punto. Las palomas de la plaza del cemento levantan el vuelo mientras la mirada se va a los tejados del Casco Histórico. Decía Juan Diego Botto en Martín Hache en su obligado destierro en Madrid que añoraba los tejados de Buenos Aires. Una pareja de andaluces no deja de comentar el color de los tejados y las fachadas de las casa de la calle Alfonso, agrupados en manzanas que se distinguen como si el arquitecto hubiera delineado con su escuadra y cartabón.

Apenas se distingue lo que quedan de las murallas porque desde las alturas aunque la ciudad parezca un universo diferente, los volúmenes desaparecen como las tres dimensiones en los dibujos de un niño. Así, una pareja de adolescentes discuten como si nadie les estuviera observando en plena calle. Cuando todo parece que se va a romper, él levanta la vista como si se sintiera espiado. Todo acaba en un largo beso. Y tras ellos, apenas a un kilómetro de distancia pero con muchos edificios que ahogan cualquier tipo de visión, la torre de San Pablo se eleva bella y poderosa. A lo lejos, la Torre del Agua apenas se distingue, sepultada por el horizonte del final de la gran ciudad.

Resulta curioso como apenas un viaje de quince segundos en ascensor, te expulsa del Edén y te devuelve a una ciudad vulgar y llena de ruidos. Sonidos de piquetas y algun rugido de motor que se escuchan con nitidez desde el teleférico que recorre la distancia del Parque del Agua a la estación Delicias en apenas diez minutos. Desde ahí arriba, la ciudad tampoco tiene fin. Se alcanza a ver la maravillosa arquería que corona la estación pero enseguida los edificios de la Avenida Navarra impide ver más allá. El recinto de lo que fue la mayor fiesta del agua ahora resiste a la piqueta en busca de un futuro glorioso mientras el teleférico lo amenaza tenso desde el aire.

Desde aquí la ciudad no deja de ser una sucesión de construcciones, más o menos bonitas, levantadas para acoger a gente que habita en esta ciudad que no para. Solo así se puede entender la cantidad de coches que cruzan los puentes. Desde el punto más alto del teleférico, poco antes de iniciar el descenso, el Parque del Agua se ve en toda su grandeza, con su escasez de vegetación pero tiene tanta superficie que es muy aventurado decir que una persona sería capaz de recorrerlo en una mañana.

Arboleda frondosa es la que impide ver más de Zaragoza desde el mirador de Alfonso I el Batallador en el parque Grande. Mientras el Pirulí de Telefónica parece dominar toda la Romareda, el sonido del agua de las fuentes te hace trasladarte a quién sabe si lo que el imaginario colectivo entiende como Nunca Jamás. A lo lejos, un autobús urbano rompe la magia del momento mientras Alfonso I el Batallador mira impetérrito en qué se ha convertido la ciudad después de tantos años.

Tres maneras diferentes de ver la urbe que se completan con la que ofrece la noria del Parque de Atracciones desde lo más alto. Desde allí, los edificios parecen alejados, como si no pertenecieran al mismo municipio que los que se ven desde la torre del Pilar. Apenas se alcanzan a ver las grandes edificaciones entre la frondosidad de la vegetación que parece escondernos el paisaje buscado.

Desde allí donde los pájaros casi no se atreven a subir, uno puede llegar a comprender la magnitud de una gran ciudad, algo que entre el zigzageo urbanita que se practica en la rutina del día a día nunca se podrá apreciar.