lunes, 16 de agosto de 2010

Cruzar el Rubicón

En la noche del 11 de enero del 49 a.C., Julio César, gobernador de la Galia, se detuvo con todo su ejército en la orilla del río Rubicón, camino de Roma. La duda le atormentaba. El Rubicón era la frontera entre las provincias romanas y las Galias, era el límite que protegía al imperio de las guerras internas. Cruzarlo significaría declarar la guerra civil y no había vuelta atrás, o Julio César conquistaba el Senado o sería despojado de todo su poder. Al grito de Alea jacta est (La suerte esta echada), Julio César cruzó con sus tropas el río. La Segunda Guerra Civil de la República de Roma acababa de comenzar.

Creo que nunca he cruzado el Rubicón y a veces me planteo si habrá algún día en que me atreva a actuar sin miedo a las consecuencias, a tomar impulso para empezar de cero, a olvidarme de todo lo que un día se tambaleó, a querer a pesar de todo, a dejar de lado todo lo que no me gusta y a empezar quién sabe dónde y cuándo, a dar un paso, ese que quizá sea el definitivo para mi felicidad, a escucharte, a no necesitar de noches largas y ocupadas para no pensar... ¿Sabéis? Quizá haya un día en el que no tenga que pensar en el Rubicón porque dar un paso adelante ya no lo necesite. Mientras tanto simplemente seré... feliz.

2 comentarios:

chose dijo...

Una buena declaración de principios: ser feliz mientras tanto.

Un abrazo chico melancólico.

Dani dijo...

Ya basta de tanta tristeza, no? Otro para ti chica sentimental ;)