BEHEMOTH! | Official Trailer | Searchlight Pictures
Hace 10 horas
Se ha ido el verano. Un año más me han sorprendido las hojas cayendo de los árboles y las ramas luchando por encontrar su lugar. Y sin avisarme. Con lo mal que me sienta a mí el otoño. En la calle, el mismo lugar sigue vacío, quizá esperando a que tu coche vuelva a encender los intermitentes allí donde ya no hay ni olvido. No hace frío pero tengo escalofríos. Es lo que tiene la noche, que nada es lo que es. Menos mal que suena el teléfono... Nada es igual. Este otoño es diferente al otro.
I.
Mi vecino ya no se ducha como antes. No sé cuál es el motivo pero ahora su rutina es totalmente diferente y, con ella, la mía también. A las dos y media de la madrugada se oye una llave intentando abrir el portal de mi edificio, después de un leve forcejeo provocado por la dureza de la cerradura y el desgaste de la llave, el joven (creo porque aún no he logrado desvirtualizar su existencia) logra abrir la puerta y se cierra con un golpe duro. Llega a su casa y enciende el televisor en un canal de teletienda que se queda a todo volúmen buena parte de la noche.
Todo el mundo habla de la devaluación del periodismo, de la crisis del mercado y sobre todo de la separación del periodista (o mejor dicho, del producto periodístico) de la calle. No soy nada agorero, siempre he creído que las situaciones nunca están tan mal como se dice y no me gusta que todo el mundo entre a este debate porque la mayoría no ha abierto un periódico en su vida y lo máximo a lo que llega es a ver la televisión de vez en cuando.
En una clase aburrida de hace años descubrí la espiral del silencio. Elisabeth Noelle-Neumann venía a decir que es improbable que una persona que se siente en minoría dentro de un grupo dé una opinión contraria a lo que piensa la mayoría. Así se explican fenómenos como el nazismo (que abomina a casi todos pero no tuvo apenas contestación social en Alemania ni en círculos privados) o algunos tan dispares como las prohibiciones o no de fumar en un determinado sitio.
Si tú te vas, el egoísmo me invadirá hasta que no pueda gritar tu ausencia, hasta que el equilibrio que se construyó en este mundo de injusticias quede dinamitado por los aires.
Un sueño me persigue los últimos días. Las olas rompen con fuerza contra el acantilado. Y yo las miro desde arriba.
La literatura rusa. Esa gran desconocida y alabada por cualquiera que quiere dárselas de culto o de algo parecido. Así las cosas si yo confieso que me acabo de leer Aelita, de Alexéi Tolstoi, supongo que quedaré como uno de esos... Aelita, además de una película de cine mudo, es una novela de ciencia ficción escrita en los años 20 que refleja con una asombrosa minuciosidad la vida en Marte, donde reina una sociedad similar a la Rusia prerrevolucionaria. Un libro en el que nada es lo que parece y en el que la importancia de las sociedades está muy presente. Y no, no es un libro de propaganda comunista ni mucho menos. A veces cuesta entender como regímenes tan estrictos y controladores con lo que se publica no fueran capaces de ver la segunda lectura de la novela...