lunes, 2 de noviembre de 2009

Cuerdas que atan

Una de las escenas literarias más dramáticas que conozco la descubrí cuando en el instituto tuve que leerme Niebla, de Miguel de Unamuno. Cuando Augusto Pérez decide suicidarse por (des)amor, descubre que, en realidad, no es él, que no está vivo, que existe porque el propio Unamuno le ha creado y que su final no lo puede decidir porque está en manos de su creador.

Años después, 1984, de George Orwell, me abrió los ojos. Con ella comprendí que no somos tan libres como creemos. Y lo que es peor, que no sabemos hasta qué punto estamos vigilados y cuánto están condicionados nuestros actos por las oscuras intenciones de unos pocos.

Estos días no dejo de darle vueltas a qué nos impide tomar nuestras propias decisiones, qué nos empuja hacia atrás cuando queremos avanzar, quién dirige ese contrapeso que hace que nos movamos tan lentamente cuando creemos querer ir en una dirección. ¿Quién es el manipulador de las marionetas de este teatro de títeres en el que vivimos?

La fotografía que ilustra este texto es obra de Erika Daniela

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