Quizá haya llegado el tiempo de quitarnos las caretas, los muros y las corazas de acero que nos autoprotegen y dejar que la gente nos conozca como lo que somos realmente, dejar que nuestro yo real salga a la superficie y no nos avergüence nada de lo que hacemos.
Uno de los momentos más entrañables de Still walking (de Hirokazu Koreeda) es cuando la anciana madre va a buscar un disco pop y le dice al hijo que lo ponga en el estéreo. Y suena una canción dedicada a Yokohama que el anciano padre cantaba cuando era más joven. "Todo el mundo tiene canciones que escucha a hurtadillas", concluyen los comensales familiares mientras comparten la cena en el comedor. Lo difícil no es escuchar canciones a hurtadillas si no ser capaces de compartirlas con todo el mundo. Y quien habla de música puede hacerlo de mil cosas más...
Still walking es una película maravillosamente calmada. Resulta imposible creer que en el mundo acelerado y desbocado en el que vivimos alguien (por mucho que sea japonés) todavía sea capaz de hacer un filme atractivamente lento, en el que retrata las costumbres de una sociedad japonesa que se empeña en enterrarlas a pesar de su tradición milenaria. La película transcurre en apenas un fin de semana pero es tiempo suficiente para que los personajes se muestren tal como son, los sentimientos se desborden y se escuchen mil canciones que nunca más se oirán a hurtadillas. Porque alguna vez tendremos que ser nosotros.
Uno de los momentos más entrañables de Still walking (de Hirokazu Koreeda) es cuando la anciana madre va a buscar un disco pop y le dice al hijo que lo ponga en el estéreo. Y suena una canción dedicada a Yokohama que el anciano padre cantaba cuando era más joven. "Todo el mundo tiene canciones que escucha a hurtadillas", concluyen los comensales familiares mientras comparten la cena en el comedor. Lo difícil no es escuchar canciones a hurtadillas si no ser capaces de compartirlas con todo el mundo. Y quien habla de música puede hacerlo de mil cosas más...
Still walking es una película maravillosamente calmada. Resulta imposible creer que en el mundo acelerado y desbocado en el que vivimos alguien (por mucho que sea japonés) todavía sea capaz de hacer un filme atractivamente lento, en el que retrata las costumbres de una sociedad japonesa que se empeña en enterrarlas a pesar de su tradición milenaria. La película transcurre en apenas un fin de semana pero es tiempo suficiente para que los personajes se muestren tal como son, los sentimientos se desborden y se escuchen mil canciones que nunca más se oirán a hurtadillas. Porque alguna vez tendremos que ser nosotros.
1 comentario:
ahora siempre es el mejor momento para ser nosotr@s... ;)
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