Esa mañana se creía ganador. Con los ojos aún somnolientos se enfundó el mejor traje del armario y salió a la calle con ganas de comerse el mundo. Como suele pasar en esos días todo era maravilloso, en jornadas como esas las chicas te sonríen por la calle, sale cara en todas las monedas que tiras al aire, cruzas la calle y los coches se paran a tu paso y nada te importa más que los breves efluvios de las sensaciones a las que uno no cree aspirar jamás.Pero por mucho disfraz que uno se ponga la piel no puede mutar. Y siempre llega el momento de volver a casa. Cuando cruzó la puerta de su infierno particular por la noche y se desenfundó ese traje, volvió a comprobar que, pese a todo, seguía siendo un perdedor. Y que por más que soñara todos los días con lo mismo, nadie le sonreía cuando pasaba a su lado, las flores no eran más que hojas marchitas si las miraba y la casa se le hacía enorme cuando el fantasma de ella nunca aparecía.
Al día siguiente, todo era diferente. Salió a la calle con su ropa de perdedor, su cuerpo de conformista y se enfrentó al momento esperado sabiendo que nada iba a salir bien. Ella entró por la puerta del bar... No necesitó que nadie le contara el final. Esta vez se lo sabía.
La fotografía que ilustra este texto es obra de yerayrguez
6 comentarios:
Aplausos. Encantado de conocer a este Dani
Alguna vez las cosas salen bien... lo que yo todavía no he descubierto cuando...
sraly: Gracias. Nos debemos muchas cervezas y momentos todavía, crack.
hesisair: Permíteme corregirte. Las cosas salen bien muchas veces, lo que pasa es que solo nos fijamos y multiplicamos los efectos de las que no salen como queremos pero hay muchas cosas incluso en la misma rutina que salen bien todos los días!!!Hay que saber apreciarlas, simplemente!
¿y por qué a veces cuesta tanto?
CRD: ¿Apreciarlas o que salgan bien?
ambas supongo
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