"Hace muchos años que los grandes teóricos de la economía llegaron a la rotunda conclusión de que cualquier empresa privada funciona mejor que cualquier empresa pública. Basaban su dictamen en un profundo estudio del esfuerzo humano (...) Así, se afirmaba que los empleados públicos eran menos productivos que los que tenían encima a un gestor privado que optimizara sus recursos. Optimizar es una palabreja que suena bien, salvo que la optimización se hiciera sobra tu chepa.(...)hace poco nos hemos topado con un escándalo de malos tratos y abandono en centros de menores madrileños y hemos sabido que la gestión de estos centros estaba en manos privadas (...) Y, claro, optimizar en el tratamiento de los menores recluidos en centros suena un poquillo mal. ¿En qué recortamos? ¿En las cenas, en los juegos, en las horas de formación? (...) Y cuando estos centros, además, caen en manos de empresas muy privadas y muy liberales, sí, pero con un ideario ideológico o religioso muy marcado (...) entonces ya uno no sabe muy bien si está jugando al neoliberalismo o al baile de disfraces de Carnaval. Esta enfebrecida carrera por ahorrar en todos los aspectos que forman la columna vertebral de un Estado es peligrosa, porque acaba desbaratando incluso el papel del propio Estado.
Como ciudadanos (...) sería bueno que supiéramos qué está pasando con la calidad de nuestros servicios públicos, más allá de la cuenta de resultados y el balance económico. Más que nada para que el experimento liberalizador sea completo. La gestión no basta, queda la digestión."
Gestión y digestión, de David Trueba, en El dominical.
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