Como si de un mal presagio se tratara, el domingo no fue el mejor día de mi vida. Fue tan malo que ni siquiera me enteré de que el poeta del pueblo, quizá, junto a Neruda y Ángel González, mi poeta favorito por todo lo que sus musas literatas escupían, había dejado de existir. Sí, tan crudo como suena, no falleció ni murió ni desapareció. No, Benedetti dejó de existir, que no es lo mismo aunque lo pueda parecer. El uruguayo pasó a ser nada, que es mucho peor que no ser tenido en cuenta (algo con lo que también le tocó convivir). Y dejó, menos mal, más de 80 obras en las que la voz del pueblo expresó todo lo que quiso y más. Nos habló de utopías (socialistas y no), nos habló del amor, de la muerte, de las mujeres, del exilio (y del desexilio) pero, sobre todo, nos enseñó a amar a las palabras por encima de todas las cosas.Nunca una descripción fue más acertada: El poeta del pueblo. Solo la gente que lo ha leído puede entender que basta una palabra de Benedetti para que a uno le parezca que la rutina no existe, que la realidad de la cotidianeidad es imposible por el simple hecho de existir y que el inmovilismo es una afrenta para la propia existencia. Recuerdo que precisamente inicié este blog con un poema de Benedetti. Quizá por eso, ahora, harto de que siempre se le recuerde por sus poemas cuando era un escritor mucho más rico, le rindo mi pequeño homenaje con un fragmento de su novela La tregua:
"Martes 27 de agosto
Frío y sol. Sol de invierno, que es el más afectuoso, el más benévolo. Fui hasta la plaza Matriz y me senté en un banco, después de abrir un diario sobre la caca de las palomas. Frente a mí, un obrero municipal limpiaba el césped. Lo hacía con parsimonia, como si estuviera por encima de todos los impulsos. ¿Cómo me sentiría yo si fuera un obrero municipal limpiando el césped? No, ésa no es mi vocación. Si yo pudiera elegir otra profesión que la que tengo, otra rutina que la que me ha gastado durante treinta años, en ese caso yo elegiría ser mozo de café. Y sería un mozo activo, memorioso, ejemplar. Buscaría asideros mentales para no olvidarme de los pedidos de todos. Debe ser magnífico trabajar siempre con caras nuevas, hablar libremente con un tipo que hoy llega, pide un café, y nunca más volverá por aquí. La gente es formidable, entretenida, potencial. Debe ser fabuloso trabajar con la gente en vez de con números, con libros, con planillas. Aunque yo viajara, aunque me fuera de aquí y tuviera oportunidad de sorprenderme con paisajes, monumentos, caminos, obras de arte, nada me fascinaría tanto como la Gente, como ver pasar a la Gente y escudriñar sus rostros, reconocer aquí y allá gestos de felicidad y amargura, ver cómo se precipitan hacia sus destinos, en insaciada turbulencia, con espléndido apuro, y darme cuenta de cómo avanzan, inconscientes de su brevedad, de su insignificancia, de su vida sin reservas, sin sentirse jamás acorralados, sin admitir que están acorralados. Creo que nunca, hasta ahora, había sido consciente de la presencia de la plaza Matriz.
Debo haberla cruzado mil veces, quizá maldije en otras tantas ocasiones el desvío que hay que hacer para rodear la fuente. La he visto antes, claro que la he visto, pero no me había detenido a observarla, a sentirla, a extraer su carácter y reconocerlo. Estuve un buen rato contemplando el alma agresivamente sólida del Cabildo, el rostro hipócritamente lavado de la Catedral, el desalentado cabeceo de los árboles. Creo que en ese momento se me afirmó definitivamente una convicción: soy de este sitio, de esta ciudad. En esto (es probable que en nada más) creo que debo ser un fatalista. Cada uno es de un solo sitio en la tierra y allí debe pagar su cuota. Yo soy de aquí. Aquí pago mi cuota. Ese que pasa (el de sobretodo largo, la oreja salida, la renquera rabiosa), ése es mi semejante. Todavía ignora que yo existo, pero un día me verá de frente, de perfil o de espaldas, y tendrá la sensación de que entre nosotros hay algo secreto, un recóndito lazo que nos une, que nos da fuerzas para entendernos. O quizá no llegue nunca ese día, quizá él no se fije nunca en esta plaza, en este aire que nos hace prójimos, que nos empareja, que nos comunica. Pero no importa; de todos modos, es mi semejante."
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