Hace algo más de un año David Trueba vino a Zaragoza a presentar su novela “Saber perder” (muy recomendable por cierto para leer algo que te haga sentir que no solo tú tienes problemas en el mundo) y vino acompañado de su séquito particular (dicho sin acritud). Formaba parte de él, la que hoy es probablemente una de las personas más admiradas en el mundo futbolístico. Pep Guardiola, íntimo amigo de David Trueba, participó en la presentación de la novela que en una de sus historias aborda la situación de un futbolista de élite. En un momento del coloquio, el ahora entrenador azulgrana dijo que en su época de jugador se vio de la noche a la mañana corriendo casi en calzoncillos delante de 80.000 personas que controlaban cada uno de sus movimientos y ofreciendo ruedas de prensa sin saber muy bien qué decir y sin que nadie se preocupara por él o le dijera como actuar. Muchas veces como aficionados no nos damos cuenta de que no es tan fácil salir al campo y jugar, sin más. “Si solo tienen que hacer lo de siempre, salir y jugar como saben”, se suele escuchar entre los puristas. Pero la realidad es que un deportista es un ser humano cualquiera (sí, aunque muchos estén endiosados) al que, como a todos, le es difícil abstraerse de sus circunstancias personales, de haber pasado una mala noche (y no de salir, mal pensados) y de la presión que le rodea (sí, el famoso entorno que a veces suena a guasa). Y más cuando una mala actuación le puede comportar un millón de críticas que retroalimentarán las dudas en su cabeza. Guardiola lo contó como una explicación a por qué a veces las cosas no funcionan en un equipo llamado a hacer grandes cosas (entonces se refería al Zaragoza que habían vendido de Champions y se iba irremediablemente a Segunda) y casos concretos en el fútbol hay millones. Promesas que se quedan en eso y nunca llegan a rendir quién sabe por qué. En muchas ocasiones, no es la juerga nocturna lo que les pierde. No todos son iguales.
Y no solo en el fútbol hay casos incomprensibles. Me viene a la mente la actual perla del Ramiro: Carlos Suárez. Subió al primer equipo del Estudiantes en el 2004 y todo el mundo lo señalaba como una futura estrella del baloncesto. Tres años después, con la marcha de Jiménez y la situación económica del Estu estaba llamado a tomar el mando del equipo. Todo estaba preparado. La gente le quería, era de la casa y había demostrado su calidad y… la luz se apagó. No despuntó, hizo una temporada normalita, se le veía descentrado, nervioso y nadie sabía muy bien qué le pasaba. Las malas lenguas decían que si no estaba mentalmente preparado, otros que si salía mucho por las noches… No sé qué le pasaría pero el club siguió confiando en él, mimándolo y dándole minutos a pesar de todo (en otro club la paciencia se hubiera agotado pero el Estudiantes siempre ha sido especial). Y tal como la luz se apagó se volvió a encender. Esta temporada ha sido la del despunte de Carlos Suárez, se ha cargado con el equipo a la espalda (junto a Pancho Jasén) y su nombre ya suena para la selección este verano. ¿Cuál es la diferencia entre una temporada y otra? Probablemente, que el jugador, además de ser mejor, está más preparado mentalmente y que los fantasmas que le asolaban han volado. Un dato: debutó en la ACB con 18 años y ahora apenas tiene 23 años, quizá es que se le estaba pidiendo que quemara etapas demasiado rápido.
En este caso la historia va por buen camino pero muchos jugadores se quedaron en el intento cuando prometían mucho. No quiero personalizar pero seguro que a todos se nos ocurren muchos nombres… y probablemente no solo deportistas.
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