miércoles, 30 de diciembre de 2009

Lágrimas en el cielo

Le quería. Nunca se lo demostró. O igual sí. Pero nunca se lo dijo. Compartió con él miles de momentos que fueron desde la intrascendencia hasta la tristeza más melancólica. Esa que una noche le colocó al borde de la muerte. Una madrugada en la que entre todos le hicieron volver al mundo de los vivos. Pero nunca le dijo esas dos palabras que cuesta tanto decir. Y le quería, mucho más de lo que él mismo sabía.

Cuando se enteró de su muerte no asimiló lo que significaba. Lloró con pena y con rabia por la injusticia del hecho pero no sabía lo que venía a continuación. Recuerdos que no se iban a acumular más, conversaciones histéricas y absurdas en un salón cualquiera que nunca más iban a tener lugar, gestos de temor y cariño que no sabían interpretar más que un grupo muy reducido y que el tiempo enterrará en algún lugar, una timidez extrema y ruborizada que nunca más le animarían a romper. Porque eso es lo que significó su marcha. No que se muriera, que al fin y al cabo es un acto más de vivir, sino que dejaba de estar en cada uno de los momentos en los que él era muy grande. Y se fue así, sin avisar, el 14 de octubre, sin tener tantas conversaciones pendientes...

Sin que me dejara llamarle para decirle que le quería.

La fotografía que ilustra este texto es obra de Sur le fil

2 comentarios:

Sally dijo...

No hay nada peor que no dejarse uno mismo ser fiel a los impulsos.

Dani dijo...

Y que lo digas... pero a veces uno no es consciente de ello.