viernes, 4 de septiembre de 2009

Cuando la ciudad gravita suspendida

La ciudad parece un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes canta Ismael Serrano en una de sus canciones olvidadas. Desde arriba de la torre del Pilar, no hace falta estar enamorado para sentir que la ciudad es un mundo que no para, un ajetreo en el que apenas se pueden escuchar las sirenas de la ambulancia que circulan a toda velocidad esquivando coches que parecen serpientes buscando el paraíso perdido mientras, ajeno al mundanal ruido, un grupo surca el Ebro con los barcos que nacieron al amparo de la Expo.

Desde donde nace el repicar de las campanas de la basílica zaragozana, la ciudad que parece infinita cuando andas perdido por sus calles, tiene un fin claramente delimitado, algo incapaz de apreciar desde cualquier otro punto. Las palomas de la plaza del cemento levantan el vuelo mientras la mirada se va a los tejados del Casco Histórico. Decía Juan Diego Botto en Martín Hache en su obligado destierro en Madrid que añoraba los tejados de Buenos Aires. Una pareja de andaluces no deja de comentar el color de los tejados y las fachadas de las casa de la calle Alfonso, agrupados en manzanas que se distinguen como si el arquitecto hubiera delineado con su escuadra y cartabón.

Apenas se distingue lo que quedan de las murallas porque desde las alturas aunque la ciudad parezca un universo diferente, los volúmenes desaparecen como las tres dimensiones en los dibujos de un niño. Así, una pareja de adolescentes discuten como si nadie les estuviera observando en plena calle. Cuando todo parece que se va a romper, él levanta la vista como si se sintiera espiado. Todo acaba en un largo beso. Y tras ellos, apenas a un kilómetro de distancia pero con muchos edificios que ahogan cualquier tipo de visión, la torre de San Pablo se eleva bella y poderosa. A lo lejos, la Torre del Agua apenas se distingue, sepultada por el horizonte del final de la gran ciudad.

Resulta curioso como apenas un viaje de quince segundos en ascensor, te expulsa del Edén y te devuelve a una ciudad vulgar y llena de ruidos. Sonidos de piquetas y algun rugido de motor que se escuchan con nitidez desde el teleférico que recorre la distancia del Parque del Agua a la estación Delicias en apenas diez minutos. Desde ahí arriba, la ciudad tampoco tiene fin. Se alcanza a ver la maravillosa arquería que corona la estación pero enseguida los edificios de la Avenida Navarra impide ver más allá. El recinto de lo que fue la mayor fiesta del agua ahora resiste a la piqueta en busca de un futuro glorioso mientras el teleférico lo amenaza tenso desde el aire.

Desde aquí la ciudad no deja de ser una sucesión de construcciones, más o menos bonitas, levantadas para acoger a gente que habita en esta ciudad que no para. Solo así se puede entender la cantidad de coches que cruzan los puentes. Desde el punto más alto del teleférico, poco antes de iniciar el descenso, el Parque del Agua se ve en toda su grandeza, con su escasez de vegetación pero tiene tanta superficie que es muy aventurado decir que una persona sería capaz de recorrerlo en una mañana.

Arboleda frondosa es la que impide ver más de Zaragoza desde el mirador de Alfonso I el Batallador en el parque Grande. Mientras el Pirulí de Telefónica parece dominar toda la Romareda, el sonido del agua de las fuentes te hace trasladarte a quién sabe si lo que el imaginario colectivo entiende como Nunca Jamás. A lo lejos, un autobús urbano rompe la magia del momento mientras Alfonso I el Batallador mira impetérrito en qué se ha convertido la ciudad después de tantos años.

Tres maneras diferentes de ver la urbe que se completan con la que ofrece la noria del Parque de Atracciones desde lo más alto. Desde allí, los edificios parecen alejados, como si no pertenecieran al mismo municipio que los que se ven desde la torre del Pilar. Apenas se alcanzan a ver las grandes edificaciones entre la frondosidad de la vegetación que parece escondernos el paisaje buscado.

Desde allí donde los pájaros casi no se atreven a subir, uno puede llegar a comprender la magnitud de una gran ciudad, algo que entre el zigzageo urbanita que se practica en la rutina del día a día nunca se podrá apreciar.

1 comentario:

satrian dijo...

Ya lo hacían en el club de los poetas muertos, subete a un sitio alto, y tu percepción de la vida cambiará.
Bonita descripción, de nuestra preciosa ciudad.
Y no me parece que no se puede recorrer el parque del agua en una mañana, al menos viéndolo todo, haciendo footing...