No me gustan las películas de acción. No entiendo la concepción del cine como sucesión de grandes batallas, persecuciones, tiros, como una competición de efectos especiales... Es más, me agobia tanto ruido y tantos golpes inútiles cuando en realidad no hay nada detrás que contar. Y para mi horror, Che, el argentino, de Steven Soderbergh, me ha parecido nada más que eso. Un ejercicio técnico muy bueno, casi magistral, pero que cuando han empezado a verse los títulos de crédito me ha dejado muy frío.Resulta curioso pero Soderbergh ha conseguido convertir quizá uno de los personajes más apasionantes del siglo XX (tanto para sus admiradores como para sus detractores), el Che Guevara, en un hombre vacío, despojado de cualquier emoción y sentimiento (no solo revolucionario). A pesar de que la cinta dura dos horas, cuando acaba uno no sabe qué motivos, por ejemplo, le llevaron al Che a alistarse en la guerrilla, qué pasó en el desembarco de los hombres de Fidel, no se ve en ningún momento sufrimiento por los hombres caídos... Solo en el discurso en la ONU de Ernesto Guevara aparece algún motivo de entusiasmo político para una figura que se supone que es un símbolo revolucionario en todo el mundo.
Supongo que lo que pretendía el director era hacer una película objetiva, neutral, pero es que cuando se aborda un personaje así despojar al personaje de toda emoción hace que pierda casi todo su interés. Me ha decepcionado tanto que no sé si me atreveré a ver la segunda parte, Che, guerrilla.
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